lunes, 29 de noviembre 2010

LA RELIGIÓN GRIEGA II

ORÁCULOS Y SACRIFICIOS

LA RELIGIÓN GRIEGA II

 

 

 

ORÁCULOS Y SACRIFICIOS

 

Los hombres debían asegurarse el favor de los dioses mediante el cumplimiento de una serie de ritos y sacrificios que estaban perfectamente regulados. Sin embargo, conceptos frecuentes en religiones actuales como la fe o el amor a dios, eran totalmente desconocidos para los antiguos. Los dioses eran seres terribles, a los que había que mantener satisfechos, no eran seres amorosos o protectores, sencillamente eran los dueños del universo, que existían en sí como existe el mundo, y que lo gobiernan a su antojo. En consecuencia, era no sólo necesario sino obligación del individuo a título personal, así como del Estado, como representante de todos los individuos de una comunidad, obtener el favor de los dioses.      

            Para poder cumplir adecuadamente con la voluntad divina, los hombres debían conocer cuáles eran sus deseos: de ahí que desempeñase un importante papel dentro de la religión la consulta de los oráculos. El más famoso de todos ellos era el Oráculo de Delfos, que estaba bajo la protección de Apolo.

 

            Allí en el santuario, una sacerdotisa consagrada desde pequeña al servicio del dios, la Pitia o pitonisa, en un pequeño recinto en el sótano del templo, después de cumplir con los ritos, se sentaba en un trípode de bronce situado sobre una grieta en el suelo de la que emanaban vapores sulfurosos, entraba en trance y comenzaba a decir palabras sin sentido que eran recogidas por los sacerdote que se encargaban de darle forma coherente y que se adaptasen a la pregunta del consultante. 

            También se podía conocer la voluntad de los dioses examinando las entrañas de los animales sacrificados o el vuelo de las aves.

 

            Los ritos eran muy variados: podían consistir en plegarias ante los altares o estatuas de las divinidades, celebración de procesiones en las que se sacaban por las calles de la ciudad la imagen de la divinidad, o sacrificios. Estos podían ser cruentos, si en ellos se derramaba la sangre de la víctima o incruentos que consistían en la ofrenda de frutos o bebidas a las imágenes.

 

            A cada divinidad se le ofrecía un tipo de animal distinto: así a Zeus se le sacrificaban toros o bueyes, a Hera terneras, a Afrodita palomas. Los dioses infernales preferían víctimas de color negro. Ante los altares se sacrificaban a las víctimas dejando que se desangrasen y luego se quemaban en honor de los dioses las entrañas, mientras que la carne de los animales sacrificados se asaba en los altares y se repartía entre los asistentes que así se hacían partícipes de los efectos del sacrificio.

 

           

 

            Cuenta el mito que este sistema de sacrificio fue instituido por el mismo Zeus pero engañado por Prometeo, quién después de sacrificarle un toro al dios envolvió en la piel del animal las víscera y puso junto a estas los huesos del animal, dándole a Zeus la opción de elegir qué parte de la víctima prefería. Por este engaño y por robar el fuego a los dioses y dárselo a los hombres, Prometeo fue castigado a que eternamente un buitre le devorase las entrañas durante el día, y que éstas volviesen a crecer durante la noche.

 

           

 

 

 

 

 

FIESTAS Y JUEGOS

 

            Cada ciudad y cada familia tenía un dios protector al que dedicaban una especial atención, como Atenas y la diosa Palas Atenea, aunque se venerasen también a todos los demás dioses del panteón griego e incluso se aceptasen dioses venidos de otros países como sucede en el caso de Dionisio o Cibeles, La Gran Madre.

 

            En honor de estos dioses protectores se celebraban grandes fiestas y sacrificios, como las Grandes Panateneas de Atenas en las que la ciudad regalaba cada año un manto nuevo a la diosa, que tenía su templo más importante en la Acrópolis: el Partenón, obra maestra de la arquitectura griega realizada por Fidias. En este templo se encontraba la estatua de la diosa, de unos doce metros de altura, realizada en oro y marfil, de ahí que se la conociese como la Criselefantina.

 

            Además de estas fiestas locales, había otras fiestas que tenían carácter nacional. La más importante de todas ellas eran Los Juegos Olímpicos, que se celebraban en Olimpia cada cuatro años en honor de Zeus, el más importante de todos los dioses del panteón griego. Durante la celebración de los Juegos se decretaba la tregua sagrada, según la cual debían cesar todas las actividades bélicas.

 

            A los Juegos acudían gentes de toda Grecia e incluso de las colonias griegas extendidas por todo el Mediterráneo y muy especialmente del sur de Italia, la Magna Grecia, y de Sicilia.

 

            Los juegos comenzaban con la procesión en honor de Zeus, duraban una semana y a lo largo de ella se celebraban las pruebas atléticas: el pugilato, lanzamiento de jabalina y de plato, la carrera, los saltos y la más importante de todas, las carreras de carros. Los vencedores en estas pruebas recibían solamente una corona de olivo, pero su fama y la de sus ciudades se extendía rápidamente por todo el mundo griego. Aún hoy y gracias a los poemas de Píndaro, conocemos los nombres y las ciudades de origen de muchos de estos competidores.

 

           

 



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